Caía, caía y caía en vórtice negro mortal y en grito furioso animal con rabia insistente moría. ¡Ahora! —terciaban las voces —¡Has muerto y suplicas gritando, mas nunca te oirán ese llanto!— la aguja marcaba las doce. Me esfuerzo estirando mis brazos apenas rozar verdadero e intento suplirle asidero de inútiles vidas y ocasos. Y logro voltear los veloces; empujo al revés de ese giro y en mágico empeño y suspiro impido las almas destroces.
Las sombras cerniéndose en ocasos y luces que en árboles dormitan por noches desnudas que te incitan y albores siguiéndote los pasos. Colores que apagan las siluetas de grises tornando en arreboles los labios que húmedos de soles suspiran amores con piruetas.